El apego y la llamada

Y sin embargo la voz de la llamada llega a nosotros, aun en nuestro mundo, si tenemos el oído alerta. Claro que la llamada no viene por correo, como una carta certificada. Llega enmascarada. Y no suele venir vestida con un traje seductor de color rosa. «No por el del acto que tú eliges, sino por el de aquello con lo que te topas contra tu elección, tu pensamiento y tu deseo, por ese camino has de ir, ahí es adonde yo convoco, ahí es donde hace de hacer de aprendiz, por ahí fue tu maestro…», escribió Lutero.

Tenía muchas razones para sentirme apegado a mi puesto de adjunto. Era relativamente cómodo, me dejaba mucho tiempo libre para seguir estudiando y me prometía, de por vida, una cartera de profesor universitario. Y sin embargo me dio miedo precisamente el apego que sentía por mi puesto. Me dio más miedo aún porque en aquella época veía cómo obligaban a mucha gente valiosa, pedagogos y estudiantes, a abandonar la universidad. Me dio miedo mi apego a una sinecura que con su tranquila seguridad me alejaba de los destinos intranquilos de mis prójimos. Comprendí que las propuestas de que dejara la facultad eran una llamada. Oí que alguien me llamaba. Que alguien me ponía en guardia ante una carrera cómoda que ataría mi pensamiento, mi fe y mi conciencia.

—Milan Kundera en La broma

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