Vivir

Poco después el patrón me hizo llamar, y en el primer momento me sentí molesto porque pensé que iba a decirme que telefoneara menos y trabajara más. Pero no era nada de eso. Me declaró que iba a hablarme de un proyecto todavía muy vago. Quería solamente tener mi opinión sobre el asunto. Tenía la intención de instalar una oficina en París que trataría directamente en esa plaza sus asuntos con las grandes compañías, y quería saber si estaría dispuesto a ir. Ello me permitiría vivir en París y también viajar una parte del año. “Usted es joven y me parece que es una vida que debe de gustarle.” Dije que sí, pero que en el fondo me era indiferente. Me preguntó entonces si no me interesaba un cambio de vida. Respondí que nunca se cambia de vida, que en todo caso todas valían igual y que la mía aquí no me disgustaba en absoluto. Se mostró descontento, me dijo que siempre respondía con evasivas, que no tenía ambición y que eso era desastroso en los negocios.

[…]

Al principio de la detención lo más duro fue que tenía pensamientos de hombre libre. Por ejemplo, sentía deseos de estar en una playa y de bajar hacia el mar. Al imaginar el ruido de las primeras olas bajo las plantas de los pies, la entrada del cuerpo en el agua y el alivio que encontraba, sentía de golpe cuánto se habían estrechado los muros de la prisión. Pero esto duró algunos meses. Después no tuve sino pensamientos de presidiarios. Esperaba el paseo cotidiano que daba por el patio o la visita del abogado. Disponía muy bien el resto del tiempo. Pensé a menudo entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco, sin otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de María. Después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Había otros más desgraciados que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.

—Albert Camus en El extranjero

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La solución de los problemas

Otro ejemplo de cómo puede crear nuevo significado una metáfora nos surgió de manera accidental. Un estudiante iraní, al poco tiempo de su llegada a Berkeley asistió a un seminario sobre la metáfora con uno de nosotros. Entre las cosas maravillosas que encontró en Berkeley, había una expresión que él oía una y otra vez y entendía como una bella y cuerda metáfora. La expresión era «la solución de mis problemas» —que él tomaba por un gran volumen de líquido, haciendo burbujas y humeando, que contenía todos los problemas de uno, bien disueltos, bien en la forma de precipitado, con catalizadores que constantemente disolverían algunos problemas (momentáneamente) y precipitarían otros. Se quedó terriblemente desilusionado cuando descubrió que los residentes de Berkeley no poseían esa metáfora QUÍMICA en mente. Y bien podría ser, porque la metáfora QUÍMICA es bonita y es intuitiva. Nos proporciona una visión de los problemas como cosas que nunca desaparecen completamente y que no se pueden resolver de una vez por todas. Todos los problemas que tiene una persona están siempre presentes, sólo que pueden ser disueltos en una solución o pueden estar en forma sólida. Lo mejor que se puede esperar es encontrar un catalizador que consiga que se disuelva un problema sin hacer que se precipite otro. Y dado que uno no tiene control completo de lo que ocurre en la solución está constantemente descubriendo problemas viejos y nuevos que se precipitan y problemas presentes que se disuelven, en parte gracias a los esfuerzos de uno, y en parte a pesar de lo que se haga.

La metáfora QUÍMICA nos proporciona una nueva visión de los problemas humanos. Es apropiada a la experiencia de descubrir que los problemas que pensamos que ya estaban solucionados vuelven una y otra vez. La metáfora QUÍMICA dice que los problemas no son la clase de cosas que se puede hacer desaparecer para siempre. Tratarlos como cosas que se pueden resolver de una vez por todas es inútil.

Vivir mediante la metáfora QUÍMICA sería aceptar como un hecho que ningún problema desaparece para siempre. Más que dirigir las energías a resolver los problemas una vez por todas, uno las dirigiría a encontrar los catalizadores que disolvieran sus problemas más acuciantes durante el mayor tiempo posible, y sin precipitar otros peores. La reaparición de un problema se consideraría un hecho natural, más que un fallo por parte de uno a la hora de encontrar la forma correcta de solucionarlo.

Vivir mediante la metáfora QUÍMICA significaría que los problemas tienen un tipo de realidad distinto para nosotros. Una solución temporal sería un éxito más que un fracaso. Los problemas entrarían a formar parte del orden natural de las cosas en vez de tratarse de desórdenes que deben curarse. La forma en que uno entendería su vida cotidiana y la forma en que actuaría sería diferente si uno viviera según la metáfora QUÍMICA.

—George Lakoff y Mark Johnson en Metáforas de la vida cotidiana

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Víctor Hugo

Eduardo Aliverti: —Siempre me llamó la atención que nunca aparecés enojado al aire. Entendeme bien, no me refiero a lo ideológico, sino a lo temperamental. Ya fuere que tengas que putear a Kirchner, no importa, o a Grondona, que es uno de tus predilectos, nunca aparecés temperamentalmente enojado, nunca aparecés caliente al aire. ¿Sos así o resolviste ser al aire un tipo conciliador?

Víctor Hugo Morales: —Creo que los años me han ayudado también. Debo haber sido un poco más temperamental antes, no sé si siempre he sido así. Estoy muy desapegado de la idea de tener razón en nada. Estoy convencido de que no hay verdades demasiado claras para mi vida que yo sea capaz de transmitir a los demás en la fuerza que supuestamente tienen. Me gusta la transparencia. Hablo con mucho gusto con las personas que son transparentes y a la persona que no me resulta así, espero que lo detecte el oyente. A mí me parece que hay un esfuerzo desmesurado por parte de los periodistas, y creo que es una forma de amarillismo, invitar a alguien a dialogar, a un político que no te cae bien,y tratar de ganarle o de demostrar que es un pérfido durante el reportaje. A mí me parece que eso es un esfuerzo vano, y que es el que va acalorando los ánimos, tanto del entrevistado como del entrevistador. A mí me gusta ser respetuoso, yo lo he invitado a mi casa a ese señor, lo he invitado a salir al aire conmigo, lo ha invitado el equipo de producción, a veces yo ni me entero.

EA: —¿De quién hablás? ¿De Grondona o de equis?

VHM: —No, estoy hablando de cualquier persona que aparezca como invitado. No lo llamo para discutir, para demostrarle que tengo razón, y además dudo de qué razón tengo yo en cuál tema. Lo digo de todo corazón.

EA: —¿Esto es algo de los últimos años, tuyo? Esto de dudar… más.

VHM: —Es probable, es probable, tuve convicciones más fuertes, eso es indudable, en otras épocas. Más, yo recuerdo que cuando me hacían un reportaje a los treinta años, yo hablaba con entusiasmo, creía que podía cambiar cosas, o sea que quizás tenía hasta vanidad. Hoy día, vengo a este reportaje y acabo de hacer otro por teléfono y demás por una cuestión de responsabilidad, a veces de cariño, aquí me traen varios motivos, no solamente la responsabilidad que tengo frente a un profesional que me invita a charlar. Jamás diría que no a una entrevista pero estoy completamente descreído de la capacidad de decir algo que les pueda servir a los demás. Lo digo muy de corazón, ¿eh? En consecuencia, eso quizá se trasunte en…

EA: —¿Qué es, una confesión esto, en primicia, o ya lo venís contando al aire?

VHM: —No, a lo mejor se viene notando. No, yo trato de ser lo menos autorreferencial posible en mi trabajo. Cuando cuento algo tiene que ser mínimo, tiene que ser una anécdota perdedora, tiene que ser algo que desde mis padecimientos permita comprender algo que le ocurre a otra persona.

EA: —¿Cómo te llevás con esto que te pasa, Víctor Hugo? ¿Te place, porque te hallaste a vos mismo más relajado, o quisieras volver a ser el de los treinta, que estaba más convencido de más cosas?

VHM: —No, estoy conforme con esta persona.

EA: —¿Estás conforme?

VHM: —Sí, sí, sí. Y soy bastante coherente sin darme cuenta, porque la verdad que participo desapasionadamente ya hasta de una reunión familiar, o con amigos, en las cuales surgen ciertos temas, y todo lo que hago es tratar de que no haya alguien que diga una cosa demasiado molesta para otra persona. Estoy atento.

EA: —O sea, generás escaparle al conflicto, digamos…

VHM: —Sí, porque me parece vano el conflicto, y mucho más porque en las cenas, con un poco de alcohol, la gente empieza a hablar inexorablemente de política y después empiezan a querer tener razón. Y como yo estoy convencido de que… Vos discutís sobre el gobierno, ¿cuántas cosas positivas podés decir del gobierno y cuántas negativas? ¡Decenas! ¿De qué lado te situás y qué es lo que nos ubica de un lado o de otro? Es una cierta química, finalmente. Algo que nos pasa como elegimos a una mujer, como decimos que una es más linda que otra, quizás. Hay elementos que son intangibles para nosotros, que te hacen estar de un lado o de otro. ¿Y cuál es una verdad concreta, una frase totalmente cierta que vos puedas decir en política? Y la otra persona está discutiéndote desde un lugar completamente distinto, y quiere tener razón, entonces pugnan y se pelean, y no me gusta ese clima.

—Eduardo Aliverti y Víctor Hugo Morales en Decime quién sos vos

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Los términos de la discusión

Tratemos de imaginar una cultura en la que las discusiones no se vieran en términos bélicos, en la que nadie perdiera ni ganara, donde no existiera el sentido de atacar o defender, ganar o perder terreno. Imaginemos una cultura en la que una discusión fuera visualizada como una danza, los participantes como bailarines, y en la cual el fin fuera ejecutarla de una manera equilibrada y estéticamente agradable. En esta cultura, la gente consideraría las discusiones de una manera diferente, las experimentaría de una manera distinta, las llevaría a cabo de otro modo y hablaría acerca de ellas de otra manera. Pero nosotros seguramente no consideraríamos que estaban discutiendo en absoluto, pensaríamos que hacían algo distinto simplemente. Incluso parecería extraño llamar «discutir» a su actividad. Quizá la manera más neutral de describir la diferencia entre su cultura y la nuestra sería decir que nosotros tenemos una forma de discusión estructurada en términos bélicos y ellos tienen otra, estructurada en términos de danza. […]

La misma sistematicidad que nos permite comprender un aspecto de un concepto en términos de otro (por ejemplo, comprender un aspecto de la discusión en términos de una batalla) necesariamente ha de ocultar otros aspectos del concepto en cuestión. Al permitirnos concentrarnos en un aspecto del concepto (por ejemplo, los aspectos bélicos de una discusión), un concepto metafórico puede impedir que nos concentremos en otros aspectos del concepto que son inconsistentes con esa metáfora. Por ejemplo, en medio de una discusión acalorada, cuando estamos obcecados en el ataque de las posiciones de nuestro oponente y la defensa de las nuestras, podemos perder de vista los aspectos cooperativos de la discusión. Puede considerarse que alguien que está discutiendo con otro está dedicándole su tiempo, una cosa valiosa, en un esfuerzo común de mutuo entendimiento. Pero cuando estamos preocupados por los aspectos bélicos, a menudo perdemos de vista los aspectos cooperativos.

—George Lakoff y Mark Johnson en Metáforas de la vida cotidiana

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La rehabilitación

Contra lo que pasa se impone pacientemente la rehabilitación. […] Todo recayente tiene ya en sí a un rehabilitante pero el problema para nosotros, los que pensamos nuestra vida, es confuso y casi infinito. […] Pero nosotros, tía, ¿cómo haremos, cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta dónde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recadente de nuestro estado, ¿cómo nos rehabilitaremos? Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba a abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está. […]

Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvidó que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. En efecto, somos lo más que somos porque nos alteramos, salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración, y a mí me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos decaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso? 

Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos, una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mi me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces, yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente…

—Julio Cortázar en Me caigo y me levanto

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Algo para decir

—¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti hay algo que sólo espera que le des una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a través de las turbinas?

Y miró a Bernard interrogativamente.

—¿Te refieres a todas las emociones que uno podría sentir si las cosas fuesen de otro modo?

Helmholtz hizo un gesto de negación.

—No es esto exactamente. Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy capacitado para decirlo; sólo que no sé qué es y no puedo emplear mi capacidad. Si hubiese alguna otra manera de escribir… O alguna otra cosa sobre la cual escribir… —Guardó silencio unos instantes y prosiguió—: Soy muy experto en la creación de frases; encuentro esa clase de palabras que le hacen saltar a uno como si se hubiese sentado en un alfiler que parecen nuevas y excitantes aun cuando se refieran a algo que es hipnopédicamente obvio, pero esto no me basta, no basta que las frases sean buenas; también debe ser bueno lo que se hace con ellas.

—Aldous Huxley en Un mundo feliz

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Prisa

Cuando las cosas ocurren tan aprisa, nadie puede estar seguro de nada, de nada de nada, ni siquiera de uno mismo.

Cuando evoqué la noche de Madame de T., traje a colación la archiconocida ecuación de uno de los primeros capítulos del manual de la matemática existencial: el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. Pueden deducirse varios corolarios de esta ecuación, por ejemplo éste: nuestra época se entrega al demonio de la velocidad y por eso se olvida tan fácilmente a sí misma. Ahora bien, prefiero invertir esta afirmación y decir: nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos; que está harta de sí misma; asqueada de sí misma; que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria.

—Milan Kundera en La lentitud

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